¿Alguna vez nos detuvimos realmente a leer los avisos fúnebres de nuestra ciudad?
Parecen una simple formalidad social, un mensaje sobrio destinado a comunicar una muerte y acompañar un duelo. Sin embargo, detrás de esa aparente neutralidad sobrevive un anacronismo cultural que todavía dice mucho sobre cómo concebimos la identidad de las mujeres.
En Trenque Lauquen -donde el servicio social funerario se presta de buena manera por la Cooperativa de Electricidad local- aún es habitual encontrar el uso del apellido del esposo precedido por un “de” para identificar a mujeres fallecidas. La práctica no es exclusiva de esta ciudad ni de esta institución.
La desigualdad se torna evidente porque a los hombres nunca se los identifica por su vínculo con una mujer. Ningún aviso menciona a un fallecido como “esposo de” o “viudo de”.
El hombre aparece como sujeto autónomo. La mujer, en cambio, todavía suele ser presentada como una derivación familiar o conyugal.
No es un simple detalle de redacción. Es una forma residual de identificación subsidiaria, una costumbre heredada de épocas en las que la identidad social y jurídica de las mujeres quedaba subordinada a la del marido.
Pero el mundo cambió. Cambiaron las leyes, las relaciones sociales y la propia idea de igualdad entre hombres y mujeres. Persistir en estas fórmulas supone mantener, aunque sea de manera involuntaria, una mirada cultural anclada en otro tiempo.
Y probablemente allí radique el problema, poque no se trata de una práctica sostenida por mala intención, sino por inercia. Son expresiones repetidas durante décadas que sobreviven porque nadie se detiene a revisarlas.
Sin embargo, las palabras importan. También en los rituales de despedida.
La desigualdad no siempre aparece en grandes discursos o decisiones trascendentes. A veces persiste, silenciosa, en algo tan simple como la forma en que escribimos un aviso fúnebre.
